El mundo está viviendo un boom histórico en la inversión en infraestructura, y México y otras economías emergentes no se quedan fuera de esto. 

Sin embargo, hay factores que apuntan a que esto no necesariamente sea algo bueno.

Quartz reporta que actualmente entre seis y nueve billones de dólares están siendo destinados a proyectos de infraestructura que individualmente tienen un costo superior a los mil millones de dólares.

Los sectores a los que pertenecen estos proyectos son diversos, desde la energía y el transporte hasta los sistemas digitales.

El problema es que estos proyectos, a pesar de la generación de empleo y crecimiento económico que pueden impulsar, en gran parte se ven afectados por corrupción y por costos que rebasan por mucho las estimaciones iniciales.

Bent Flyvbjerg, profesor de economía en la Universidad de Oxford, ha investigado cientos de estos megaproyectos durante los últimos 15 años, y sus conclusiones son preocupantes. 

Su investigación reporta que, entre los proyectos con un costo superior a los mil millones de dólares, nueve de cada 10 proyectos rebasan sus costos planeados. 

En estos, costos 50 por ciento mayores en términos reales son comunes, y costos más de 50 por ciento mayores no son inusuales.

Gasto gigantesco

Flyvbjerg de hecho apunta que el número de megaproyectos que se completan exitosamente (a tiempo, dentro de los costos planeados y con los beneficios prometidos) es tan pequeño, uno de cada mil, que la investigación no puede determinar las razones de su éxito con validez estadística. 

Pero lo que la investigación sí ofrece es una explicación de por qué estos proyectos fracasan. 

Los expertos apuntan que ciertos factores llevan a sobreestimar los beneficios de estos proyectos y a subestimar los costos de los mismos.

Flyvbjerg llama a estos factores “los cuatro sublimes”: el entusiasmo de los ingenieros por construir la más grande estructura de su tipo, la aprobación que reciben los políticos por construir obras monumentales, el gusto de las empresas y sindicatos con la generación de dinero y empleos, y el placer estético de diseños icónicos y enormes.

Pero no todo es mala noticia, ya que Flyvbjerg también apunta que hay cada vez más vigilancia y rendición de cuentas en los megaproyectos, con consecuencias reales para los involucrados en sus fracasos.

Los gastos mexicanos

México y Brasil son dos de las economías latinoamericanas que más han participado en el boom de infraestructura, y planean continuar invirtiendo. 

En los próximos 18 meses, ambos países darán inicio a 28 proyectos con una inversión total de 60 mil millones de dólares.

Con la publicación de su Plan Nacional de Infraestructura, el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto anunció además una nueva era de inversión en la infraestructura del país, con un gasto planeado de 7.7 billones de pesos en el periodo 2014-2018. 

Con esto, las autoridades mexicanas esperan agregar de 1.8 a 2 puntos porcentuales a la actual tasa de crecimiento económico del país. 

Y no están solas, pues el gobierno de Brasil también ha anunciado megaproyectos de infraestructura que requerirán de un alto nivel de gasto público, repartido entre plantas hidroeléctricas, caminos, puertos, entre otros. 

Pero como la investigación de Bent Flyvbjerg muestra, será necesario ver si en el camino hacia el estímulo al crecimiento los gobiernos de ambos países no rebasan sus costos y le pasan la factura al erario.