"El mayor error de mi gobierno fue no haber advertido a tiempo el tamaño de la desaceleración de la economía”
Dilma RousseffPresidente de Brasil
La estrategia de Rousseff es lograr un  superávit de las cuentas públicas de 0.5 por ciento del producto interno bruto, pero cuando 2015 terminó con una recesión de casi 4 por ciento nada indica que el crecimiento de 2016 pueda compensar la trágica caída

La economía brasileña está en plena crisis, los niveles de aceptación de la presidenta se encuentran más bajos y además, está enfrentando una guerra sin cuartel con sus detractores conservadores quienes exigen que sea destituida de su cargo. 

En la realidad, el caso contra Dilma carece de evidencia sustancial, sin embargo la derecha brasileña se ha valido del descontento popular – debido a la crisis económica – para elevar la gravedad del problema y mermar aun más la reputación de la mandataria. 

Por su parte, Rousseff no ha podido ser una estadista eficiente. Las políticas de austeridad impuestas en 2014 han estancado a la otrora promisoria economía brasileña y revirtieron muchos de los triunfos en materia de empleo y salario conseguidos por sus predecesores. 

Esto ha provocado divisiones dentro del Partido de los Trabajadores,  y ha sido aprovechado por las corporaciones, para, por ejemplo hacer caso omiso de las alertas medioambientales y causar desastres ecológicos. 

La exportación de productos como el petróleo y el saneamiento de las finanzas públicas hechas durante la gestión de Luiz Inácio Lula da Silva crearon una nueva clase de consumidores que actualmente está sufriendo una crisis y le ha dado la espalda a los que antes consideraba sus salvadores. 

Ensayos fallidos

La presidenta de Brasil intentó hace dos años reformar el sistema político y controlar la inflación de los precios del transporte. Pero sus propuestas fueron demasiado superficiales para ganarse la confianza de la población. 

Los neoliberales y la derecha cristiana aprovecharon el fracaso de la estrategia de Rousseff para contraatacar y convencer a los brasileños de clases medias y altas, que el milagro brasileño era una quimera. 

Poco a poco, las clases más desfavorecidas han comprado el discurso de la oposición y el futuro del Partido de los Trabajadores no es prometedor. 

Algunos analistas aseguran que los problemas a los que se ha enfrentado Dilma responden a un golpe de estado y una ofensiva conservadora apoyada por Estados Unidos. Un país que encontró en los férreos controles internos de Brasil, muchos problemas para poder entrar a ese mercado con todos los privilegios que habían anticipado para sus empresas. 

Aunque los detractores de las izquierdas latinoamericanas desestiman los argumentos de una intervención de Estados Unidos, el destino de las izquierdas en países como Argentina y Venezuela parece más que un simple pretexto de marxistas frustrados. A Estados Unidos le conviene tener aliados en los mercados más grandes de Latinoamérica, sobre todo cuando hay petróleo de por medio. 

Los gobiernos que se aferraron por consolidar una posición de igualdad con Washington en la mesa de negociaciones, no han sido bien vistos por una potencia hegemónica que desea todo menos tener que sentarse a discutir en igualdad de circunstancias. 

Es muy posible que 2016 sea el año que despida los esfuerzos por consolidar un bloque latinoamericano que pudiera servir de contrapeso con el omnipotente vecino del norte. 

Algunos en Brasil todavía confían en la presencia de Lula da Silva como líder moral y en un resurgimiento del optimismo después de las olimpiadas de verano en Río de Janeiro.

No obstante, con base en lo que ha sucedido con los vecinos del gigante sudamericano, todo parece indicar que las derechas y Estados Unidos volverán a poner las condiciones para el desarrollo futuro de la región.