El actual Primer Ministro de Japón amplió las limitaciones militares impuestas en 1947 y ahora los soldados japoneses pueden combatir en el extranjero por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial

Durante 70 años el pacifismo fue el núcleo de la política exterior de Japón después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el trauma de los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. 

La esencia de su pacifismo se condensaba en el artículo 9 de su constitución. Japón renunciaba para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación. 

El nombre de sus fuerzas armadas dice mucho: Fuerzas de Autodefensa. Cualquier potencial bélico del archipiélago podía ser utilizado exclusivamente para la protección del suelo nipón. 

Sin embargo, el creciente poder de China en la región y la actual crisis de Medio Oriente parecen haber cambiado siete décadas de pacifismo y el rol geopolítico de Japón. 

La coalición internacional ya se puso en marcha para destruir al Estado Islámico (EI) y es difícil que Japón pueda mantenerse al margen del conflicto. 

Pero, ¿está Japón listo para ir más allá de un apoyo moral y económico a los países de Oriente Medio que luchan contra el EI? 

Fin del pacifismo

Las decapitaciones brutales de Kenji Goto y Haruna Yukawa por el Estado Islámico en enero de este año no sólo conmocionaron a la nación, también fueron una oportunidad ideal del gobierno derechista de Shinzo Abe para reformar la constitución pacifista. 

En septiembre pasado Abe logró ampliar las limitaciones militares impuestas desde 1947. Estos cambios permiten a los soldados japoneses combatir en el extranjero por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial.

Desde las reformas de éstas leyes pacifistas en julio y septiembre pasado, Tokio puede asumir nuevas responsabilidades internacionales y, si se cumplen ciertas condiciones, también podría apoyar a sus aliados atacando otros territorios como parte de una alianza colectiva.

Por su parte, China y Corea del Sur temen que la nueva interpretación del artículo 9 tenga como objetivo permitir al gobierno enviar tropas libremente a un gran abanico de situaciones conflictivas.

Lucha contra ISIS

En la propaganda de ISIS, Japón es un enemigo directo. 

Las declaraciones de Shinzo Abe sobre la ayuda japonesa a los países que luchan contra ISIS, después de que dos rehenes japoneses fueran decapitados en enero de este año, tiene por objetivo reafirmar a Japón en el mapa occidental.

Nada más en 2015, la contribución financiera de Japón para la estabilidad de Medio Oriente fue de cerca de 2.5 mil millones de dólares, destinados a revertir y prevenir el aumento del extremismo. 

Tokio también ha triplicado su ayuda a los países en la región (incluyendo el Líbano y Jordania) para fomentar las instalaciones para refugiados en su territorio, aunque eso no cambie su política de inmigración restrictiva. 

En 2014, aceptó únicamente 11 personas de entre 5 mil solicitantes. Los nacionalistas nipones, creen que el caos en Europa se debe a la fuerte presencia de inmigrantes.

Por el momento, Tokio tiene sus ojos puestos en Washington: Japón teme un endurecimiento de la política de Estados Unidos respecto ISIS, pasando de la contención a la ofensiva, y que incluye el riesgo de que Estados Unidos se aleje de Asia y entonces sí, Japón tenga que asumir la principal amenaza para sus intereses geopolíticos: la ambición de China para reemplazar a Estados Unidos como la potencia dominante en la región. 

Dobles mensajes

¿Hasta qué punto la reforma constitucional pacifista, el apoyo a la estrategia norteamericana en Medio Oriente y la lucha contra el EI en el nombre de los rehenes japoneses decapitados es, más bien, la medida ideal para frenar la influencia de China en la región?

Para sus vecinos, las nuevas medidas de Japón podrían debilitar su relación ya de por sí tensa con Corea del Sur y aumentar las tensiones políticas y territoriales con China.