La triste realidad de Vladimir

Y comienza el espectáculo. Putin gobernará de nuevo y los medios de comunicación le ponen una halo de fuerza inalterable.

Lo quieren pintar como un maestro de la confianza pero, las cosas no están tan tranquilas como parecen.

Y es que los próximos años la política interna y externa en Rusia será moldeada desde las entrañas del país.

Los dos eventos gestados en los últimos meses son las dos principales razones: la reelección de Putin y la protesta masiva que explotó en más de 100 ciudades.

35
por ciento es el porcentaje de rusos que consideraban amañadas las elecciones incluso antes de su celebración
"Si ves un pequeño hueco en una pared de hierro, sería lógico que intentes pasar a través de ella”
Vera KichanovaLegisladora independiente y periodista
Son un movimiento de derechos civiles. No rechazan al gobierno por un desacuerdo político, sino porque lo encuentran indecente, indignante y ofensivo

Y comienza el espectáculo. Putin gobernará de nuevo y los medios de comunicación le ponen una halo de fuerza inalterable.

Lo quieren pintar como un maestro de la confianza pero, las cosas no están tan tranquilas como parecen.

Y es que los próximos años la política interna y externa en Rusia será moldeada desde las entrañas del país.

Los dos eventos gestados en los últimos meses son las dos principales razones: la reelección de Putin y la protesta masiva que explotó en más de 100 ciudades.

Definitivamente, las protestas son apenas una pequeña minoría de la población, algo que el gobierno no se cansa de recordar. Pero, ¿qué importa el tamaño? ¿Cuándo las masas han iniciado una revolución moderna?

Al contrario, hoy se observa una democratización autoritaria en Rusia que resulta muy familiar a lo que ocurrió en Grecia, Portugal y España desde 1970; Corea del Sur y Taiwán en 1980; y México a finales de los años 90.

La clase media, después de haber alcanzado una prosperidad y una libertad individual plena, comienza a demandar el derecho de tener voz en cómo se gobierna su país.

Sin embargo, esto no es un conflicto político. Es un choque entre dos posturas morales, dos moralidades políticas y dos visiones de lo que debería de ser una ciudadanía digna. Ninguna parte dará su brazo a torcer y será un conflicto que puede terminar en un final largo y amargo.

Aunque quizás no tome tanto tiempo. Antes de la reelección de Putin, las encuestas mostraban que el 35 por ciento de los rusos consideraban las elecciones como “amañadas”.

Ni con todos los márgenes de error se evita que millones de consideren a Putin un presidente ilegítimo.

Están convencidos que la Comisión Central de Elecciones y el Kremlin entero produjo los números que Putin ordenó.

El gobierno está plenamente consciente que millones de ciudadanos rusos se puedan sentir engañados o enojados.

Sin embargo, ningún régimen autoritario es ingenuo. El Kremlin no jugará con el sistema si siente cierta inseguridad. Al nuevo presidente ruso y a su gabinete les urge reforzar una legitimidad que se encuentra bastante golpeada.

Si el régimen actual quiere evitar una caída futura, necesitará sufrir una radical descentralización política, económica y de sistema de justicia.

Eso lo saben los altos funcionarios del gobierno y saben que ni todas las campañas nacionalistas de la oficina de relaciones públicas de Moscú podrán mantener las cosas en paz.

Mientras la inversión extranjera dentro del país se colapsa, los analistas en inversión acusan que se debe a un “desfavorable ambiente institucional”. Y mientras el capital extranjero huye, la corrupción en Rusia pervierte el sistema legal.

Una economía con columnas de arena

El peligro más grande hoy es la petrodependencia rusa. En veinte años de “putinismo”, Rusia se ha convertido en un “petroestado”, con todas las particularidades económicas y sociales que ello implica.

Veamos algunas ejemplos.

Para septiembre de 2011, Alexei Kundrin, entonces ministro de finanzas, estimó que de bajar a 60 dólares el precio del barril de petróleo, el crecimiento ruso sería nulo. O incluso se entraría en recesión.

Se piensa que esta es una de las razones del por qué existe una amenaza de crisis económica para 2014.

“El gobierno se va quedar sin efectivo”, sentenció Sergei Guriev, uno de los economistas más respetados de Rusia.

No habrá dinero para solventar su enorme gasto en defensa y las promesas de Vladimir Putin para ganar votos. No habrá fondos para cubrir las pensiones que se prometieron a todos los jubilados de la generación del “Baby Boom”.

La pesadilla de Putin

Sí, el país puede comenzar con la austeridad, tan de moda en Europa.

Pero esta opción, políticamente riesgosa incluso en democracias maduras como Francia y Gran Bretaña, puede ser fatal. Sobretodo si tienes millones de votantes que tachan al gobierno de ilegítimo y fraudulento.

La pesadilla de Vladimir y la de todo el régimen es tener millones de pensionados iracundos que se le pueden unir a los cientos de miles de inconformes.

Las protestas no representan una oposición política. Sin embargo, el régimen ya los considera más que una amenaza.

Son un movimiento de derechos civiles. No rechazan al gobierno por un desacuerdo político, sino porque lo encuentran indecente, indignante y ofensivo.

“Justicia” e “igualdad ante la ley” son las palabras clave en los slogans durante las protestas.

Sorpresivamente la oposición y los candidatos independientes ganaron 71 asientos de los 125 de las legislaturas municipales de Moscú.

Esta oposición aún es una pequeña minoría con muy poco poder, siendo también muy joven en edad.

Uno de los electos fue la periodista de 20 años, Vera Kichanova quien dijo, aunque de manera idealista, que le gustaría escuchar a Putin decir: “Me encuentro cansado; me marcho.”

Pero como los sueños no siempre se vuelven realidad, sus planes son dar pequeños pasos.

“Si ves un pequeño hueco en una pared de hierro”, dijo Kichanova, “será lógico que intentes pasar a través de ella”.

Esta parece ser la mejor analogía de los últimos meses. Ilustra un pueblo que ve un pequeño resquicio en busca de la libertad, y parece ser que es lo que ocurrirá pronto. Veremos cuanto aguanta el castillo de arena de Putin.

Fuente: Washington Post.

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