Al inicio de los años noventa, un alto miembro del gabinete del gobierno británico publicó una exitosa trilogía de thriller político llamada “House of Cards” (HOC). Tal trilogía fue rápidamente adaptada para la televisión británica por la BBC y, 20 años después, Netflix la produjo para una audiencia americana.

El segundo libro de la trilogía, “To Play the King”,  discute el choque de poderes que existen entre aquellos que proponen al Gobierno como un vehículo de apoyo para los más desafortunados en la sociedad y quienes lo proponen como una herramienta de orden en tareas como la impartición de justicia, las necesidades básicas (agua, luz, seguridad, etc.) y servicios humanos (salud, policía, bomberos, etc.). 

Mientras que la serie de HOC ha ganado una inmensa popularidad dentro de Estados Unidos porque representa a la policía americana con un tono de hipocresía, egoísmo, humor negro y Maquiavelismo.

También ha obtenido un gran número de seguidores en países como China por su representación del politburó chino y la conversación sobre los poderes fácticos reales del gobierno chino.

Ante las representaciones ficticias de dinámicas políticas complejas en otros países, se genera la curiosidad de cómo sería la tropicalización de la serie a México. 

No toma mucho esfuerzo imaginar al núcleo del gobierno federal siendo ridiculizado en periódicos y revistas.

La duda nace por la posibilidad de que nos hayamos acostumbrado a vivir dentro de una fantasía política; donde las conexiones con el narcotráfico, las acusaciones de corrupción, el desvío de dinero, los intentos de aprovechar la popularidad generada por el futbol o la televisión para fines políticos y la Casa Blanca en Las Lomas son tan comunes que cualquier intento de escribir ficción política en México sea descartado por aburrido. 

Si la versión mexicana de House of Cards incluye a Frank Underwood en el Congreso de la Unión, en el SNTE, en el Sindicato Petrolero, en algún Gobierno estatal con altos índices de deuda, en el narcotráfico o en la Policía Municipal; nos podríamos imaginar que el personaje no sería creíble para una audiencia internacional que está acostumbrada a un nivel básico de rendición de cuentas por parte del gobierno. 

Y mientras las estrategias políticas implementadas por los supuestos “partidos de oposición” sean igual de burdas y mundanas que siempre, no se avecina un día donde no tengamos que ver el periódico con los mismos ojos que vemos estas series de televisión.

La raíz de esta historia se basa en el desincentivo por no seguir el guión político cotidiano. 

¿Quién se atrevería a luchar por la educación si esto significa detener toda la educación pública en el país por tres años dado a una revuelta masiva de maestros? 

¿Qué grupo estaría dispuesto a invertir una cantidad absurda de dinero para llegar a la política y no usar palancas burocráticas para aprovecharse, sin el miedo a la represalia? 

¿Quién se atrevería a destrozar la inversión gubernamental en relaciones públicas con tal de hacer más apoyos al sector privado, sabiendo que reducirá la probabilidad de mantenerse en el poder?

Por lo mismo, se espera con ansias el inicio de esta ficción política draconiana para que nos distraiga de la realidad de la política mexicana.