La semana pasada, en el Centro Woodrow Wilson de la ciudad de Washington, el presidente nacional del PRD se pronunció  ante funcionarios de la Casa Blanca, del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo con el propósito de advertirles en contra de invertir en México.

Por ridícula que aparente la imagen del líder del partido que gobierna seis estados de México y el Distrito Federal, ahuyentando capital extranjero, la propuesta de Zambrano era advertir que el siguiente año seguramente se dará una consulta popular que rechace la reforma energética, y le preocupaba que extranjeros vayan a salir perjudicados. 

En el uso más fiel de la frase proverbial: “Los trapos sucios se lavan en casa”, el líder del PRD parece preocuparse más por el bienestar de los pobres extranjeros, que el efecto que puede tener sus comentarios en casa. ¿Si ellos no deben invertir en mi país, por qué habría de hacerlo yo? 

Ahora, por encima del discurso vendepatrias, otro factor que Zambrano parece evadir es que una gran parte del negocio petrolero no se enfoca en la exploración y producción de crudo, sino de todos los negocios periféricos de la industria. 

Desde el manejo de agua, químicos, arena, tubería, procesamiento y refinación, hasta los negocios de distribución, transporte, tecnologías de información, manejo de personal, hasta hospedaje y turismo, son algunas de las industrias que se verán directamente beneficiadas de la apertura del mercado mexicano. 

Olvidándonos de México por un segundo, podemos buscar si existen referencias internacionales sobre cómo llega el “apocalipsis” tras una reforma energética. 

Según el Banco Nacional de la República de Colombia, después de que se reformó su sector energético a principios del 2000, la inversión extranjera directa hacia el sector  energético creció 570 por ciento entre 2004 y 2007, y se ha mantenido por encima de los 4 mil millones de dólares anuales.

Finalmente, su premisa de que los avances en el sector energético del último año se verán revertidos por una consulta popular, no solo desprecia a los legisladores que votaron a favor de la reforma como incapaces e inconscientes, sino también al pueblo que los eligió como suficientemente ignorante por no votar por el PRD.

Si Zambrano quiere manejar el discurso político que le convenga al PRD, y que esa política busque ganar votos rechazando la reforma (sin importar si es favorable para el país), es su decisión de cómo liderar su partido. 

Si busca la simpatía de la izquierda internacional que apoya medidas proteccionistas, está en su derecho de hacerlo. 

Pero, en el momento en que promulga su mensaje político con vehemencia, a una audiencia fuera del contexto de debate mexicano, y sin la contraparte que pueda descubrir la poca profundidad de su argumento, nos pinta como un pueblo retrógrado, exento de las leyes de la democracia, y con miedo a los vientos del cambio. 

Y nadie está ahí para explicar que no habla de los mexicanos, sino solo de él mismo.