En el 2009, EU producía 5.35 mm de barriles diarios y poco más de 10.55 mm de barriles de aceite equivalentes de gas. Tras producción estática por más de 15 años, llegaron los frutos de la revolución shale. El país pudo aumentar su producción de aceite en 6 por ciento anual, y se convirtió en el tercer productor de crudo en el mundo y primer productor de gas, superando a Rusia. ¿Creerían que no tendría efectos secundarios? 

La semana pasada, la OPEP (o más bien, Arabia Saudita) decidió no reducir su producción y mantenerla cerca de los 30 mm de barriles diarios. 

Esto, a costa de la reducción de más de 40 dólares en el precio del barril de petróleo en los últimos 4 meses y la exigencia de la gran mayoría de los países miembros de la OPEP. 

Arabia Saudita necesita que el barril de petróleo esté arriba de los 30 dólares para autofinanciarse, Venezuela lo necesita arriba de 110. 

En las últimas décadas, Arabia Saudita ha reducido su producción 5 veces explícitamente para mantener los precios del petróleo altos, mientras que sus competidores han ido aumentando producción. Esta vez, los saudís decidieron que, o alguien más se sacrificaba por el equipo, o todos sufrirían las consecuencias juntos. 

Si nadie quiere bajar su producción, entonces la estrategia es sacar del mercado a quienes necesitan de un precio alto para operar. Esto no es una cuestión trivial. 

Halliburton, la segunda empresa de servicios petroleros más grande del mundo, compró a la tercera, Baker Hughes, por 35 mil millones de dólares, para juntar esfuerzos y reducir costos de operación, en especial en servicios de shale en EU. 

Si la misión de los saudís es mantener el precio bajo para romper con los productores independientes de nivel medio y bajo, que no podrán costear sus operaciones, y las señales de las empresas de servicios petroleros más grandes es combinarse para minimizar sus costos, ¿qué significa esto para el desarrollo del sector energético en México?

Los dos frentes más importantes en la apertura del mercado mexicano es la entrada de la IP en recursos no-convencionales (prioritariamente shale) y aguas profundas. 

Dejando a un lado aguas profundas, que necesitan de macroinversiones para su desarrollo, el negocio de shale es uno de ganancias marginales y con necesidad de perforar una gran cantidad de pozos para alcanzar una ganancia relativa a la inversión. 

Además, se necesita que muchos operadores trabajen simultáneamente para reducir los costos logísticos de operación. 

En EU se estima que el precio de perforar un pozo shale ronda entre 4 y 12 millones de dólares individualmente, con la mitad de los pozos produciendo mínima cantidad de aceite y gas. 

Esto, en un mercado con altas eficiencias de transporte, logística de material, disponibilidad de equipos y personal, etc. Generalmente, un buen pozo producido por un operador experimentado necesita un precio de 60-70 dólares para llegar a su breakeven. 

¿Qué incentivo tiene entonces el extranjero para llegar a México, dónde primordialmente hay gas y no aceite, a tomar el riesgo de desarrollar las zonas de mayor probabilidad de éxito, con tantos factores de incertidumbre que pueden aumentar su precio operativo?