Rubén cierra sus ojos y escucha gozoso al coro de 10 mil voces vitorear “¡Oe, oe, oe, oe, Café, Café; oe, oe, oe, Café, Café!”. Café Tacvba es el soundtrack de la Ciudad de México, de la chilanga banda, de los pachucos, cholos y chundos, chichinflas y malafachas, en donde los chómpiras rifan y aquí estamos todos, bailando el tibiri tabara.

Los satelucos que irrumpieron en la escena musical mexicana en los recién nacidos años 90 están en el Auditorio Nacional para cantar algunas de sus rolas más memorables, de aquellos tiempos cuando Tacuba se escribía con u y no con v. Inician con “María”, esa canción deliciosa con la que uno movía las caderas de lado a lado con el ritmo de las claves y el teclado. En el video oficial, por cierto, Ofelia Medina lucía hermosa y seductora.

Poco a poco van llegando los temas que se volvieron iconos del grupo y de toda una época, cuando el rock mexicano aún no era bautizado como el rock en tu idioma como el “El ciclón” y “Bar Tacvba”. Los corazones se alegran cuando llega la hora de cantar que vienen a decirnos todas esas cosas, a invitarnos a sentarnos junto a ellos para que escuchen todos nuestros sueños que se materializan en saltos y meneos de cabeza al ritmo de “Las flores”.

 

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Los Tacvbos traen a la memoria a las morras de la secu 23, hoy mujeres que rondan o rebasan los 40, con la “Chica banda”, atrás habrán dejado los pelos pintados y las flexi-botas negras, o quizá no, o quizá ahora son sus morritas las que cimbran a la gran Tenochtitlan.

Una banda oaxaqueña se une a Rubén, Emmanuel, Josuelo y Quique para cantar “La muerte chiquita”, “Olita del mar” y “Futuro”, los sonidos del sur de México, de la tierra del mezcal y de Francisco Toledo, lo inundan todo.

Enseguida llega una orquesta sinfónica, cuerdas, metales y percusiones para tocar “El aparato”, “La locomotora” y la fusión de dos clásicos de los ganadores del Premio Leyenda MTV: “Las batallas”, con la que sintetizaron la historia de “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco y “Rarotonga”, todos a pulmón: “hazme tuya cada martes”.

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Dos temas legendarios más: “Esa noche” y “Chilanga banda”, que, con la orquestación y el privilegio de las cuerdas pierde un poco de pachanga, pero sí se la rifan los músicos que por una noche son los ñeros con los que uno quiere matar la bata. “El puñal y el corazón”, “Eres” y “Volver a comenzar” son para los románticos, para los enamorados, para la banda querendona.

Y entonces, paparapa ieu ieu, una otra y otra vez, paparapapa ieu ieu, Rubén abraza, literal, el canto del coro de mil voces, toma entre sus brazos la energía del grito y la arroja a los músicos y a sus compañeros que lo están dando todo en “El baile y el salón”. La noche cierra con “Ojalá que llueva café”. Una noche de nostalgia, de recuerdos de aquellos que ya no somos, pero qué chido que fuimos.