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Los huérfanos del sismo

A través del DIF, el Gobierno de la CDMX anunció un programa de ayuda económica para los al menos 34 niños que quedaron en la orfandad tras el terremoto del 19 de septiembre; el apoyo garantizará su educación y alimentación hasta que cumplan 18 años

Mientras las heridas de la Ciudad de México van sanando poco a poco, a un mes del sismo del 19 de septiembre, las cicatrices ya son evidentes; la muerte transformó las vidas de cientos de personas. Uno de los sectores más afectados fue el de los niños. Los huérfanos que la tragedia dejó suman, al menos, 34.

El gobierno de la Ciudad de México, a través de la oficina del sistema DIF, anunció un programa de ayuda para estos huérfanos, el cual consiste en garantizar su educación y alimentación, con el respaldo económico de una beca mensual hasta que cumplan los 18 años.

La principal preocupación institucional del DIF es procurar que los menores no carezcan de oportunidades para el estudio, vivienda y alimentación.

El mundo encima

Mientras a su marido se le vino encima el edificio en donde trabajaba, a Patricia se le derrumbó su mundo. De buenas a primeras se quedó en el desamparo. A sus 38 años de edad se ha convertido en la jefa de familia que ahora tiene como principal preocupación cómo sacar adelante a sus tres hijos. Jonathan, su marido, es una de las 49 víctimas que perecieron en el edificio de Álvaro Obregón 286, en la colonia Roma.

Sus hijos Emiliano, Patricio y Renata, de 12, 8 y 6 años de edad, todavía no asimilan la muerte de su padre. Patricio habla con la urna que contiene las cenizas. Emiliano casi no habla, y Renata sigue llorando cuando el recuerdo la invade.

Patricia inunda sus ojos cuando rememora los hechos del 19 de septiembre pasado. Pero se serena. Es fuerte. Sabe que tiene que ser fuerte para salir adelante en esta prueba de vida.

Pese a la desgracia mira con aliento el futuro. Hará todo lo necesario para que Emiliano cumpla su sueño de estudiar robótica o diseño gráfico; a Patricio le seguirá alentando sus aspiraciones para que llegue a un carrera dentro de los negocios, mientras de Renata dice que se va a encargar para que cumpla su anhelo de ser maestra.

Le preocupa que a un mes del sismo de la empresa IPS, en la que su marido trabajaba como técnico de nóminas, ni siquiera la han buscado para explicarle los derechos económicos que le corresponden en como viuda. Patricia espera que por lo menos de la empresa surja la iniciativa de entregarle su pensión por viudez y la indemnización que le corresponde por ley.

“Voy a buscar trabajo de lo que sea… sé algo de plomería y de electricidad… y luego vamos a buscar una casa en dónde vivir… estoy seguro que nos va a ir bien”
AgustínDamnificado

Los otros abandonados

Mientras la reconstrucción de la Ciudad de México avanza lenta, todavía hay grupos sociales que no han recibido ningún tipo de ayuda oficial; a un mes de ocurrido el sismo, en la calle Plaza del Estudiante número 15, entre las calles Girón y Torres Quintero, en pleno centro de la ciudad, 32 familias esperan pacientemente, con coraje, la asistencia humanitaria de la autoridad local.

Allí 26 niños necesitan de agua potable y alimentación. La única ayuda que han recibido ha sido de la sociedad civil organizada, según lo reconoce Selene Jiménez, la que dijo a Reporte Indigo el riesgo en el que se encuentran estas familias ante la posibilidad de colapso de uno de los edificios aledaños.

Las 32 familias están durmiendo en un campamento instalado en la vía pública. Protección Civil no ha dictaminado los riesgos bajo los que se encuentran, ni ninguna autoridad se ha acercado para conocer sus necesidades de subsistencia.

En este lugar las condiciones son extremas: no hay agua potable, las paredes del inmueble están a punto de colapsar, los niños están durmiendo en la calle y las condiciones se agudizan con la temporada de frio que ya comienza a golpear a la ciudad.

Así han permanecido desde un día después del sismo y no saben cuándo puedan superar esta condición.

Las familias del centro de la ciudad viven con la incertidumbre de que los edificios vecinos colapsen de un momento a otro

Huérfanos desde siempre

Agustín y Lucía también son damnificados. A ellos no los dejó huérfanos el sismo. Ellos ya eran huérfanos desde antes. Los dos crecieron en albergues del DIF y de Aldeas S.O.S. en el Estado de Puebla. Allí se conocieron y decidieron hacer una vida en común. Hoy tienen dos niñas: Kimberly Sofía de un año y ocho meses, y Abril Naomi, de tres años.

Hoy Agustín y Lucía deambulan en los albergues de la Ciudad de México en espera de asistencia humanitaria que les permita afrontar su condición de desamparo. Ellos perdieron su casa en Azumiatla, Puebla, en donde las autoridades locales les dijeron que tendrían mejor apoyo en la capital del país. No sólo los motivaron a desplazarse, sino que hasta les compraron los boletos de autobús para hacer el viaje.

En la Ciudad de México, luego de ser rechazados en el albergue de Izazaga número 11, aspiran a encontrar lugar en otro lado, ya no tanto en los establecidos para los damnificados por el sismo, sino en cualquiera de los que para indigentes mantiene en operación el gobierno de la Ciudad. Quieren solo un techo para sus hijas y la oportunidad de poder salir adelante.

La casa de Agustín y Lucía quedó inhabitable luego del sismo del 19 de septiembre.

“Somos huérfanos desde siempre”, reconoce Agustín mientras busca la mirada esperanzadora de Lucía que mece en sus brazos a Kimberly Sofía. “Vamos a salir de esta, como hemos salidos de muchas”.

Una vida diferente

Para José, un hombre que a sus 62 años de edad ha asumido la patria potestad de su nieta que quedó huérfana al morir su madre dentro de las instalaciones del Colegio Enrique Rébsamen de Tlalpan, el sismo le cambió la vida. Ahora, cuando él pensaba que ya sus obligaciones económicas habían terminado, tendrá que hacerse cargo de la manutención y cuidado de la niña.

José (quien solicitó no mencionar su nombre verdadero) tendrá que sacar adelante a su nieta con el sueldo que obtiene como carpintero y con su discapacidad auditiva que lo afecta desde hace años.

En su tarea lo habrá de ayudar otra de sus hijas, Rosa (nombre también ficticio) quien trabaja como guardia de seguridad, pero es un trabajo que tendrá que dejar.

“No sé qué voy a hacer”, dice y remarca que buscará algún otro empleo que le permita no sólo ganar lo suficiente para sacar adelante a su padre y a su sobrina, sino que le garantice la posibilidad de estar cerca de ellos.

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