El tiempo no cura las heridas

Hay muchas personas que son maltratadas por médicos (...) porque los consideran hipocondriacos. Se quejan de esto y se quejan de lo otro (...). Y justamente lo último que merece una persona es (...) no ser escuchada o que tomen sus quejas casi a burla”. 

Eugenia Rodríguez Eugenia Rodríguez Publicado el
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El estudio reveló que experimentar seis o más de las categorías ACE en la infancia o adolescencia acorta la esperanza de vida de un individuo por casi 20 años
Las experiencias adversas infantiles aún pueden dejar huellas profundas 50 años más tarde, en la forma de disfunción social, enfermedades físicas y mentales
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Hay muchas personas que son maltratadas por médicos (…) porque los consideran hipocondriacos. Se quejan de esto y se quejan de lo otro (…). Y justamente lo último que merece una persona es (…) no ser escuchada o que tomen sus quejas casi a burla”. 

Así lo señala en entrevista para Reporte Indigo el doctor en ciencias médicas Humberto Nicolini, quien forma parte de la comunidad de científicos a nivel global que estudia cómo las experiencias adversas de la infancia dejan secuelas en el ADN, que se traducen en el desarrollo de enfermedades –físicas y mentales– en la vida adulta. 

Se trata de un campo emergente en la ciencia conocido como epigenética, que estudia los cambios en la expresión de los genes de un organismo en respuesta al medioambiente. “Está abriendo todo una serie de preguntas que antes no nos habíamos hecho”, comenta el también especialista en genética molecular en trastornos mentales. 

Anteriormente se tenía “la idea de que los genes eran destino, que con los que naces ya te amolaste, no los puedes modificar”. 

Pero los estudios en epigenética comenzaron a arrojar evidencia de que “el genoma no es estático, sino que está en constante atención y lectura del medioambiente al grado tal que reacciona de forma inmediata”, agrega Nicolini. 

Una experiencia traumática que “deja marcado el genoma” provoca cambios “a nivel de neurotransmisión o activación del sistema inmune o activación del funcionamiento de las células pancreáticas generando diabetes, por ejemplo”. 

Las alteraciones se han visto “a nivel de muchos sistemas de la fisiología del ser humano”, por lo que “los médicos tenemos que aprender a ver el cuerpo humano como un sistema de sistemas y que todos estén entrelazados. Es una obviedad. Pero creo que a veces se nos olvida esto. Creo que al tener esa mentalidad podemos ayudar mucho más a las personas que tenemos que atender. Finalmente todos somos pacientes”.

Todo nos marca

Nicolini actualmente investiga cuáles son las marcas epigenéticas en víctimas de suicidio a través de un pequeño banco de cerebros de personas que se han quitado la vida. 

“Este es uno de los grandes temas en la investigación biomédica: ya no solo conocer cuáles son los genes de riesgo (de cualquier enfermedad), sino las marcas epigenéticas”, dice el especialista, cuyos trabajos de investigación lo han llevado a descubrir, por ejemplo, que “una enorme proporción de genes de riesgo del Trastorno Bipolar son genes del sistema inmune”. 

Al hablar de experiencias traumáticas no necesariamente se alude a una situación de guerra, un abuso sexual o la separación temprana madre-hijo, sino “eventos de la vida” o “situaciones que de alguna manera fueron repetidas pero que están marcando la vida de un individuo y que le generan estrés”, explica Nicolini.

Y pone el ejemplo de situaciones que aparentan ser benignas o no tan graves pero sí  lo suficientemente adversas para cambiar el genoma de una persona, desde la dieta y la exposición a contaminantes ambientales, hasta la altura de una ciudad sobre el nivel del mar. 

“Probablemente sea muy diferente vivir en la Costa Azul (en la Riviera Francesa), a nivel del mar, sin violencia, en una situación holgada económicamente y con una dieta diferente, como la mediterránea, que es más sana”, que en la contaminada Ciudad de México, con una “vida estresante” y menor densidad de oxígeno, compara Nicolini.

Organismo traumado

La investigación del reconocido médico estadounidense Vincent J. Felitti es clave no solo para entender el estrecho vínculo que existe entre las experiencias adversas de la infancia y el desarrollo de enfermedades en la vida adulta, sino también para lograr que la indagación sobre las vivencias traumáticas que hayamos vivido en la niñez, nuestro background, se sume al chequeo de rutina en la práctica clínica actual.

Si esto fuera una realidad, sería “(…) uno de los avances más grandes de salud pública de nuestros tiempos”, escriben Felitti y el epidemiólogo Robert F. Anda en el capítulo de un libro sobre abuso sexual y maltrato psicológico infantil del pediatra David L. Chadwick. 

A mediados de los 90, Felitti, junto con Anda, entonces asesor científico de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), realizaron un estudio a gran escala durante tres años para rastrear los efectos del trauma infantil en la salud a lo largo de la vida. 

Llamada “Experiencias Infantiles Adversas” (ACE, por sus siglas en inglés), la investigación elaborada en colaboración con los CDC y la Clínica de Evaluación de la Salud de Kaiser Permanente, en San Diego, California, contó con la participación de más de 17 mil adultos voluntarios. 

Luego de una evaluación que abarcó una historia médica detallada, exámenes físicos completos y extensas pruebas de laboratorio y cuestionarios, el estudio revela cómo 10 categorías de experiencias traumáticas y estresantes –no aliviadas y perdidas en el tiempo– de la infancia tienen un impacto, décadas más tarde, en la salud física y mental y la esperanza de vida, así como en los costos de atención médica.

En un grupo de pacientes obesos, por ejemplo, se descubrió que habían sufrido experiencias traumáticas en la niñez que los llevaron a ver la obesidad como un caparazón. Para ellos, la comida era su refugio.  Les daba seguridad.

“Si uno tiene una necesidad de desexualizarse, como reacción a una violación o al abuso sexual en la infancia, entonces aumentar 45 kilos es una estrategia eficaz”, señalan los investigadores.

Ponen el caso de una ex víctima de violación que subió cerca de 50 kilos en el año siguiente a la violación, quien les comentó que “el sobrepeso pasa desapercibido, y esa es la forma que tengo que ser”. 

Todo está entrelazado

A la obesidad y el uso de sustancias se suman las enfermedades autoinmunes. La probabilidad de sufrir estos males décadas más tarde en la edad adulta también aumentaba de forma proporcional a la cantidad de categorías de experiencias adversas sufridas en la infancia. 

Las experiencias tempranas de la vida adversas afectan el desarrollo del cerebro, alterando así la compleja interrelación del sistema nervioso endocrino e inmunológico, explican Felitti y Anda. 

De ahí que en la práctica clínica, “tenemos que integrar todas las fuentes de información de cómo está ligado el sistema nervioso con el sistema inmune; el sistema digestivo con el sistema endocrino, y a su vez con el sistema nervioso”, señala en entrevista el doctor en ciencias médicas Humberto Nicolini.

“¿El tiempo no cura las heridas? ¿Los niños no son resilientes? (…) en este ámbito, el tiempo no sana. Más bien, el tiempo oculta, y la resiliencia es real, pero parcial”, señalan los investigadores, quienes argumentan que esta capacidad de hacer frente y sobreponerse a las adversidades es comúnmente atribuida a quienes alcanzaron el éxito económico o social. Pero esto no exenta al organismo de cargar con el peso del pasado. 

Droga para el alma

Las entrevistas realizadas a los pacientes obesos fueron la punta de lanza que llevó a Felitti y Anda a descubrir “innumerables efectos médicos a largo plazo de infancias seriamente perturbadas. Estas historias casi nunca fueron documentadas en sus registros médicos”, comentan.  

Descubrieron que la adicción a sustancias como la nicotina y el alcohol no siempre responde única y exclusivamente al uso continuo de las mismas, sino a las experiencias traumáticas de vida. 

Lo comprobaron al encontrar un fuerte vínculo entre el número de categorías de experiencias adversas de la infancia que cumplía una persona en el Estudio ACE y el uso de drogas inyectables en la edad adulta. 

Era más probable que un niño consumiera drogas por vía intravenosa años más tarde en busca de un “alivio psicoactivo” a medida que sumaba un mayor número de categorías de experiencias traumáticas infantiles. 

“En última instancia, uno ve que muchos de los más graves problemas de salud pública, si bien ciertamente no son deseables para la sociedad, también son intentos inconscientes de solución a problemas personales que no son reconocidos debido a que se pierden en el tiempo y son además protegidos por vergüenza, por discreción y por factores sociales tabúes en contra de la exploración de ciertos ámbitos de la experiencia y la actividad humana”, reflexionan Felitti y Anda. 

Lo que para los expertos “representa una paradoja de salud pública en la que el problema de salud pública también es una solución personal”. Una paradoja que “(…) subyace muchos de nuestros problemas en medicina y salud pública más difíciles en la actualidad: en general las personas no están dispuestas a renunciar a aquello que más se parece a la ayuda, especialmente a petición de aquellos que no tienen idea de lo que ha sucedido en sus vidas”. 

Y ponen un ejemplo: las personas que no dejan de fumar a pesar de estar expuestos a sufrir enfermedades pulmonares o cardiovasculares potencialmente mortales. 

El cuerpo habla, tarde que temprano

¿Y si ese problema gastrointestinal que nos lleva dando lata desde años a pesar de tratarlo con uno y otro medicamento nos está intentando decir algo?

Desde un punto de vista de psicoanálisis, “este síntoma en el cuerpo va a ser una forma de que nosotros podamos acceder a eso inconsciente que fue reprimido y que viene de la infancia cuando no teníamos esta posibilidad de representar el mundo por medio del lenguaje”, dice en entrevista para Reporte Indigo Gerardo Siruela, psicólogo con especialidad en estudios psicoanalíticos. 

“(Sigmund) Freud plantea una idea que se llama ‘causalidad psíquica’ y él dice que a nivel de los psíquico nada es al azar y todo es determinado. Es decir, que todo causa un efecto. Cada vivencia, cada experiencia, cada emoción va a tener un efecto, y esto va a ser como una especie de bola de nieve que nos va a llevar a lo que somos, a cómo pensamos actualmente, a las decisiones que tomamos. A lo mejor a desarrollar una enfermedad o que una enfermedad sea como un síntoma (…)”, profundiza Siruela. 

Gerardo alude a la teoría clásica de Freud sobre la histeria, particularmente sobre los síntomas histéricos, que postula que las dolencias que sufren las personas en el cuerpo podrían estar causados por traumas psíquicos que, al no terminar por representarse por medio del lenguaje, se expresan a través del cuerpo. 

“Por eso enferma el cuerpo, para hablarle a esta representación que es importante para la persona, pero que la persona no alcanza a poner en palabras”, agrega. 

Estas son las 10 categorías de las llamadas Experiencias Adversas de la Infancia (ACE, en inglés) arrojadas de la investigación realizada por los médicos Vincent J. Felitti y Robert F. Anda:

Categorías Estudio ACE

Abuso

1. Psicológico (por padres)
2. Físico (por padres)
3. Sexual (cualquiera)

Negligencia 

4. Emocional
5. Física

Disfunción en el hogar

6. Alcoholismo o consumo de drogas en casa
7. Divorcio o pérdida de un padre biológico
8. Depresión o enfermedad mental en casa
9. Madre tratada con violencia
10. Miembro del hogar encarcelado 

> Huellas en el ADN

La epigenética estudia cómo las condiciones del medioambiente encienden o apagan, activan o silencian ciertos genes que son claves para la salud mental, física y la adaptación social. 

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