Cuando escribí el libro de Saber Gastar, dediqué un capítulo al tema de que a todos nos gusta estrenar. Más que propiamente financiero, lo ahí expuesto es reflexivo, en un intento de que comprendamos cómo dominar estas bajas pasiones de las compras sin mesura.

Las grandes corporaciones gastan millones de dólares al año en estudios neurocientíficos para encontrar los “huecos” de la mente y así saber cómo disparar los mensajes precisos y exactos para excitar las neuronas gastalonas (claro está que la madre naturaleza dota a algunos de más agujeros en el cerebro que otros). Esto que escribo no es nuevo, pues todos conocemos desde hace más de medio siglo el concepto de publicidad subliminal.

Una gran pregunta es ¿qué sentimos cuando compramos? ¿Cuáles son las sensaciones que provoca el olor a nuevo? Realmente, como dice una canción, se puede convertir en “una experiencia religiosa” el gastar, gastar y gastar.

Lo que hoy se sabe es que podemos parangonar el gasto con el triunfo. Sí, efectivamente, cada vez que compramos algo es como si estuviéramos en una competencia y resultáramos los ganadores. Luego entonces, podemos concluir que a todos nos gusta ganar y que repetir la experiencia nos resulta estimulante.

Lo realmente peligroso es que se me “pegue la gana” ganar a toda hora y en todo momento, pues eso sí que me llevará a la quiebra ineludiblemente. Por eso es muy importante que aprendamos a programar esos microtriunfos financieros para no caer en el desfalco.

Una buena educación nos debe dejar muy claro que en la vida no existe alguien que permanentemente resulte ganador en todo lo que emprenda, ni personal, ni profesional ni económicamente. Por lo tanto, hay que tener la conciencia suficiente para medir nuestro músculo financiero (entiéndase como capacidad de bolsillo) y así disfrutar en función de lo que llega a la cartera y no de lo que quisiéramos que llegara.

El mundo está lleno de distractores que funcionan como pequeños diablillos parados en nuestro hombro aconsejándonos gozar de todos los placeres mundanos que nos brinden esa satisfacción de adquirir vitrinas completas.

Por otro lado, este símil entre gastar y ganar no tiene llenadera, ya que no se sacia nunca. De ahí que en casos extremos se pueda convertir en una patología que busca el pretexto ideal para premiarse: “porque estoy triste y deprimido” … “porque estoy muy contento”… etcétera.

Dale mayor sabor al gane estableciendo claramente los momentos en que se deba presentar.

Recuerda, “No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar”.