Una noche que no podía conciliar el sueño vino a mi mente la frase “la religión es el opio de los pueblos”, que hizo célebre Karl Marx, aunque en realidad no es de su autoría. Hace más de siglo y medio, en un mundo económicamente en ebullición debido al apogeo de la Revolución Industrial, estas palabras pasaron a la posteridad con un sello de crítica a las instituciones, particularmente a la eclesiástica.

Meditando sobre este asunto pensé: ¿qué hubiera dicho el señor Marx si viviera en esta época? Me atreví a ponerle palabras a su pensamiento: “El consumismo es el opio de los pueblos”. Y no creo estar tan equivocado, pues en realidad sufrimos hoy de un devastador bombardeo de publicidad y propaganda que, basadas en una científica técnica de mercados (elegantemente llamada mercadotecnia), nos seducen de tal manera que acabamos haciendo lo que las grandes corporaciones quieren que hagamos: gastar, gastar y gastar.

Edward Bernays, el padre de las relaciones públicas como disciplina, escribió en la década de 1920 en referencia a la propaganda: “Hay que disciplinar al público para que gaste su dinero”.

Pero no voy a satanizar a las empresas ni a los negocios, para nada, pues en una transacción económica al menos deben existir dos entes: el que vende y el que compra. Con esto, yo soy responsable de mi forma de gastar y acabó cediendo ante las presiones externas. Ellos quieren vender y yo no me resisto a comprar; se junta el hambre con las ganas de comer. En palabras de la sabiduría popular mexicana: “Yo tan risueño y me hacen cosquillas”.

Todo este preámbulo tuvo por objeto llevarnos a una reflexión sobre una de las fechas más relevantes del año: el Día de la Madre, el famoso 10 de mayo.

Esta ¿celebración? inventada por un periodista a principios del siglo pasado es un gran pretexto, no para conmemorar a nuestra progenitora (que, de hecho, quienes tengan la fortuna de contar todavía con ella deberían hacerlo diario), sino para demostrar económicamente nuestro “amor”.

En ningún momento me opongo a este festejo, simplemente quiero que cobres conciencia de lo que en realidad está al alcance de tus posibilidades financieras, para que así evites recordar a tu mamá los 18 meses sin intereses que tardarás en pagar la deuda.

Piensa en lo que hace más de cuatro décadas era el eslogan de la Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO): “Regale afecto, no lo compre”.

Recuerda que “No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar”.