Particularmente las empresas grandes (una que otra mediana también) tienen comedores para empleados con un gran subsidio. Alimentos muy bien preparados por un equipo de chefs profesionales y supervisados por nutriólogos especialistas tienen costos extremadamente bajos que pueden ir de los 15 a los 30 o 35 pesos. ¡Ni en casa comemos tan sano y balanceado, ¡y además económico!

Pero… todo cambia el día de la quincena. Los pobres comedores están casi vacíos y la gente, ni tarda ni perezosa, sale en estampida a saciar su hambre, evidentemente con el resto de la manada.

Y donde toque la de buenas — mejor dicho, la de malas — de que tengamos partido de la Champions League (que tienen la pésima costumbre de jugar en la noche europea que coincide con la hora de la comida mexicana), ¡ni te cuento la cuenta!

De los pocos pesitos que desembolsas en tu sacrosanto lugar de trabajo para comer como Dios manda, en la francachela tu gasto lo podemos definir con otro más de los grandes refranes mexicanos: “ya encarrerado el gato, ch… su madre el pobre ratón”. ¿Y el costo? Varios cientos de pesos en una jornada futbolera.

Y luego regresamos a la realidad cotidiana. Avanza la quincena y ni para pagar la comida que ofrece tu empleador te alcanza, por lo que terminas llevando trastes con lechuga y otras verduritas que porque estás a dieta. ¡Falso! Ya no tienes ni un centavo.

Este cuento es muy frecuente y sucede siempre que tenemos la cartera gorda, como si esto fuera sinónimo de riqueza. Pasa con la quincena, el aguinaldo, el bono, el reparto de utilidades (los que gozan de él), etcétera, etcétera. Realmente no medimos las consecuencias por estar en la vorágine del día a día y, como ya cité hace algunos renglones, por seguir a la recua sin el más mínimo empacho.

Claramente no estoy y nunca he estado en contra de la diversión y el esparcimiento, pues son indispensables para un equilibrio vital. Pero, como dicen en las bebidas alcohólicas, todo con medida. Y la medida la debe marcar tu bolsillo, no tus pasiones.

Parte de la aportación que hace Saber Gastar es el formular frases que nos enseñen con facilidad lo que permitirá alcanzar la estabilidad financiera, que entendiéndola a la luz de la clase socioeconómica media, termina convirtiéndose en riqueza.

Por eso te digo: “Si te sobra la lana, haz lo que se te pegue la gana”. A mí no me sobra, y ¿a ti? Queda de tarea.

Recuerda que “No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar”.